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Thursday, December 14, 2017

Buenos Aires Negra: El regreso

Sr. Ministro de Cultura 
Desde 2011 a 2016 se realizó el festival BAN! - Buenos Aires Negra con el apoyo del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. BAN!, cuyo lema es "Donde el crimen real se mezcla con el crimen de ficción" no sólo reunía a autores sino también a profesionales que trabajan con el crimen real: jueces, policías, fiscales, forenses y criminólogos (entre otros). De este modo BAN! se constituía en un foro de discusión social sobre el problema de la criminalidad y la violencia. BAN! Reunió durante esos cinco años a los mejores escritores emergentes y a los más destacados de la literatura policial. Y los juntó con profesionales del crimen. Al hacerlo instaló el debate social sobre el acuciante problema de la criminalidad, algo que no sólo atañe a gobernantes y funcionarios, sino a toda la comunidad. BAN! Se situó en un pie de igualdad con otros festivales internacionales del género, como la Semana Negra de Gijón, Barcelona Negra y Getafe Negro, en España; Polars du Sud y Quais du Polar y Polar Avignon, de Francia. Festival Lea, de Grecia; BAN! No sólo fue el festival negro fue una formidable plataforma de lanzamiento para autores argentinos al plano nacional e internacional: En lo doméstico: Organizamos varios concursos: de novela, de novelas para adaptación al cine, de cuentos y premios a la mejor presentación en BAN! Que significaron ingresos, publicidad y trascendencia para los autores participantes. En lo internacional: Autores como Horacio Convertini, Guillermo Orsi, Enzo Maqueira y Claudia Piñeiro (entre muchos otros) accedieron a ser invitados a festivales en Europa y a ser traducidos publicados por editoriales europeas, gracias a los convenios de reciprocidad que teníamos con editoriales y festivales de España, Inglaterra, Alemania, Francia y Holanda. Del mismo modo, gran cantidad de autores internacionales accedieron a un público latinoamericano gracias a su participación en el festival. Petros Markaris, Qiu Xiaolong, John Connelly, Emmanuel Dongala, Andreu Martín, Carlos Zanón, Vanessa Monfort, Rosa Ribas por citar sólo a unos pocos. Profesionales como los psiquiatras forenses Raúl Torre y Mariano Castex; la jueza Mónica Atucha de la Cámara del Crimen; periodistas como Rodolfo Palacios, Miriam Molero, Virginia Messi, Marcelo Larraquy, Gustavo Sierra y Reinaldo Sietecase; historiadores como Lila Caimari y exdelincuentes como Hugo “La Garza Sosa”, Pedro Palomar y Daniel Rojo, fueron de la partida. BAN! fue además un gran promotor de la lectura desde la infancia con programas que involucraban a escuelas públicas. Regalamos miles de libros a los asistentes, y muchos miles más se vendieron durante el festival a través de librerías independientes sin que eso reportara un centavo al festival o a sus organizadores. Hemos contribuido significativamente a la dinamización de la industria editorial. La edición 2017 no pudo realizarse a raíz de que el señor Ángel Malher, su antecesor en el cargo, le retiró el apoyo por considerar que “el festival no era rentable”. ¿Cómo podía serlo siendo la entrada gratuita? Evidentemente el ex-ministro tiene un concepto comercial del éxito y parece ignorar que la cultura no es un negocio, es una inversión. Al respecto, el escritor Andreu Martín dijo: "Siempre he considerado Buenos Aires una de las capitales más cultas e ilustradas del mundo. No puedo ni imaginar que prescinda de un festival del nivel de Buenos Aires Negra (BAN!) simplemente porque no es rentable. ¿Qué significa que un festival literario no es rentable? ¿Qué beneficio se espera obtener de él si no es un beneficio cultural e intelectual que se obtiene por el solo hecho de que exista? La pregunta correcta es: ¿Qué pérdida irreparable deviene de la desaparición de un festival como BAN!? , ¿Argentina se la puede permitir?” Quienes hemos participado en este festival, estimamos que no, que Argentina no se lo puede permitir. En tal sentido encarecemos al Señor Ministro que dé su apoyo a BAN! Buenos Aires Negra – Festival Internacional de Literatura Policial, con la seguridad de que estará contribuyendo a la permanencia de un evento beneficioso para la comunidad, para la industria editorial y para la cultura. Cordialmente,






POR ESTA HEBRA: Elia Casillas



El dolor corta los días  

y se oculta entre mis tazas  

y el café,  

porque hay morados burbujeando siempre,

golpes, que ni el tiempo engoma.

No hay rosario que cobije,

el amor va solo en una dirección,

tan difícil que es caminar sin romperse

y no sé levantar mis pedazos

tampoco quiero que los armes.

Mi voluntad es este reino donde paras

debimos irnos en el agua de los árboles,

sin rencores, penas, aplausos,  

ayudarle a la casualidad un segundo,

ser una farsa más de la mano 

y de la cruz de fuego en la entrepierna,
 
que aún tiene tu respiro

y se alimenta bajo la estela de estos muslos.

Mi ángel no escucha. ¿Te fijas?             

¡Me quitó de su lista!
                   
Mi ángel escucha,

se ahorcó anoche con tus gritos.

Tengo las manos azules  

y un desamparo pudre el pecho,

hoy no canta la piel en tu saliva  

ni el yo se quiere solo, 

ese beso rompe dulcemente

y destruye mi vida con su lengua.

No me abraces fuerte

Dios ve,

    y podría borrarnos de un dedazo.

Desde mí soñadora escribo

en un papel de asombro,

    supliqué celo en la ermita

y asustamos la paz de los santos,

éramos acróbatas del domo,

dos ilusos, viendo el mundo desnudarse.









Sunday, December 10, 2017

Aquilina y su llegada al IMSS

Llega a mi despacho “En defensa de las causas perdidas” el siguiente mensaje: “Laura, mi nombre es…. y vivo en Los Cabos San Lucas. El motivo por el que te contacto es para pedirte un gran favor. Una persona fue trasladada a Obregón por parte del IMSS, lleva tres meses hospitalizada, es una persona con muy escasas posibilidades para defenderse y requiere de alguien que pueda ser interlocutor entre los médicos y ella”. En medio de terapias para mejorar un cuadro de desvío de columna y sacralización lumbar me encontraba, respiro y pienso que para las causas perdidas se requiere de energía que no estaba cierta de tener en ese momento. Atiendo el mensaje con más llamadas que poco a poco me fueron llenando de energía. Llego al hospital, veo a Aquilina, de apenas 32 años de edad, con ascendencia indígena, su español como si lo estuviera aprendiendo; mujer sonriente de ojos luminosos con especial energía, “callada” como mi desconocida me la describió y bien acompañada de su marido, también con acento indígena. A Aquilina la mandaron con muchas demoras a mi ciudad para ser intervenida en la espalda, el traumatólogo la revisa y al percatarse del cáncer en sus huesos (algo que ni él, ni Aquilina sabían), decide no intervenir para no lastimarla y proceden a tramitar su regreso a la Baja Sur sin darle intervención alguna.
Mi función era conseguir que no la regresaran a la Baja y que la atendieran aquí mismo en oncología, después de estar ella y su marido tres meses vagando sin intervención entre hospitales fuera de su ciudad. Hago llamadas a amigos trabajadores y ex trabajadores del IMSS, ellos me explican que el procedimiento es así, gacho, tardado por la alta demanda del servicio y que efectivamente, le tocaba regresarla a la Baja para que ahí recibiera su tratamiento oncológico. Con estos y otros elementos más, percibo que la pelea con el IMSS, sería más desgastante y por la condición de Aquilina, más que ayudarla podría empeorarla, incluyendo a su marido que tampoco tenía buena pinta. Eso sí, los dos jodidos son increíblemente sonrientes, callados con bello lenguaje gesticular.
En mi segunda visita al hospital, al marido de Aquilina le entra una llamada donde le informan que acababan de saquear su casa. Hacen recuento de las pérdidas: muebles, joyería que Aquilina vendía (y debía), ropa, etc. Comienzan a reírse lanzando inofensivas maldiciones, “pues volveremos a empezar” dice el marido y vuelven a atenderme.
Hago mi tercera visita, sigo con el pendiente sobre cómo apoyar en el desaliento, por el diagnóstico y condición de Aquilina. Hice lo único que en esos casos se hacer: contar historias propias y de ajenos, historias que me han enseñado sobre la salud y la enfermedad. Comencé mi rollo titubeando si era el oportuno, dudando sobre si entendían los detalles que intentaba mostrarles. Y es que el español de Aquilina y su marido es como si fuera el de unos extranjeros que intentan aprenderlo. Ella, aparentemente más receptiva que él, trata de entender lo que le explico, cómo cuidarse y prepararse para recibir las quimioterapias. Y es que la condición física de Aquilina es muy precaria, y es que las historias de sus ancestros no dan mejor aliento de vida. “Ya lo sabes Aquilina, tu condición es complicada, pero tienes algo especial y a tu favor, ese algo también lo tiene un gran amigo y sobreviviente del cáncer que quiere conocerte”. Mi amigo Agus “El Caldito” de inmediato se ofreció visitarla en cuanto supo su historia.
Pasan los días y el contacto con Aquilina y su marido es una constante: qué comieron, qué deben pedir, qué deben rechazar, si ella fue al baño, cuántas veces, si sigue con dolor, si ya caminó. Aquilina y su marido son escuchas extraordinarios. Ella tan receptiva, perspicaz y más empoderada de lo que aparenta.
Ayer recibí una noticia: la no renovación de mi actual contrato laboral. Mientras mi jefa me lanzaba la noticia, comencé a recordar lo relativo de las prioridades y del bienestar. Sin emoción recibo la noticia, agradecí el momento y salí desconcertada por mi falta de emoción. Seguí revisando prioridades. Pasaron las horas, pasó el día y seguí desconcertada sobre mi falta de emoción después de asimilar que estaba muy pronto a entrar en una condición de desempleada. Me entraron unas ganas enormes por ver a Aquilina para darle un abrazo. Por la tarde de ayer la pensé un montón. Hoy la visité y le di su abrazo.
Bendiciones para Aquilina y su llegada a mi vida.







Thursday, December 07, 2017

Robert Bloch: El vampiro estelar

 Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo siniestro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fui haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido.Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.
Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas…. ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de la calle South Dearborn, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis, “Misterios del Gusano”. El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían considerando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen, en forma un tanto evasiva, que era asistido por “compañeros invisibles” y “servidores enviados de las estrellas”. Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición, nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas… todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los “Misterios del Gusano”. Nadie se explica cómo pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo… Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible.
Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos… y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares,había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora lo iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:
Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum
nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum…
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo… sangriento. Muy despacio, pero en forma continua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia… Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.
Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.
Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.




Thursday, November 30, 2017

POR ESTA HEBRA



¿Seré un corazón encadenado siempre?
                              
¿Hay un hilo milagroso para esta herida?
  
¿Por qué Dios me desconoció cuando lo vi?

No puedo contemplar las estrellas,

sus palabras están sepultadas

en este fuego subversivo,

y en el teatro de los pensamientos

reboto con sus butacas,

tan huérfana como el agua que nos revive

en su oasis de caimanes.

Voy a sumergirme en la harina del mundo

quiero perder de vista los barcos

y la cereza del papel,

soy ese viento que la nube hechiza

y no voy a ocultarme,

sus manos están más tercas que nunca,

ladran, babosean,

rompen este vicio de morirnos

y vivir en esta luna azul

que sensualmente nos colma

de locura carnicera.

El sosiego aborda su canutillo lóbrego

y no hay ayunos,

en el infierno también existen ángeles celestes

 y los templos son diablos,

demonios crónicos.

 Este es tu aroma,

 con él me froto el vientre

 y la conciencia,
  
porque no tengo pasos

a los pies no los destruyó el destino

sino tus huellas,

el camino era cascajo de nostalgia

y enloquecí,   

Dios no asomó, 

hacía ciclones en el Atlántico

con espirales salados.


¿Por qué nunca está cuando me hundo? 




Saturday, November 18, 2017

Carta de Elena Garro a Octavio Paz



Carta de Elena Garro a Octavio Paz
(Tomado de un artículo de Guillermo Sheridan para "Letras Libres")
Diciembre 28 de 1989, París.
Señor Don Octavio Paz.
Estimado Octavio Paz:
Este año va a terminar. El que entra suma diecinueve y este número siempre trae sorpresas desagradables. De ahí que me apresure a molestarte. Hace ya tiempo que deseaba escribirte para pedirte perdón por todas las calamidades desdichas y sufrimientos que ocasioné en tu vida. Créeme que te pido perdón después de una larga, muy larga temporada de introspección, examen de conciencia y análisis de mi execrable conducta. Perdona, no puedo dejar de llorar. Sí, llorar a lágrima viva. ¿Cómo pude ser tan estúpida?, ¿tan frívola?, ¿tan inconsciente? Ahora, después de estos años terribles, no lo entiendo. ¡Y tú decías que yo era ¡muy inteligente! Y, yo, vanidosa me lo tomé en serio! Esto me martiriza. Pues veo que todo lo que me dijiste, (salvo lo de la inteligencia) era verdad.
No lloro por mí. Lloro porque el mal que hice ya no tiene remedio. Y ese mal ha caído sobre la Chata, que ninguna culpa tiene. Su vida ha sido más que triste. ¡Mucho más! Lo que sí te puedo asegurar es que siempre le he dicho: “No hagas esto o aquello, acuérdate de que tu padre no estaba de acuerdo y el tiempo ha demostrado que él tenía la razón”. Ella te quiere mucho, más de lo que te imaginas y también le tiene afecto y le hace mucha gracia tu mujer. Anoche estaba feliz, porque habló un ratito con ella y estuvo muy amable. He oído que a veces riñen. Ella me explica: “Es que las dos somos como la leche que se sube en un instante y luego baja…” A mí me consuela que se entienda con la señora, pues está ¡tan sola y tan desamparada!, que solo por eso me da terror morirme.
El accidente la ha dejado muy mal. Pesa cuarenta y cinco kilos y mide un metro setenta. El golpe principal lo recibió en la cabeza. Los médicos opinaron que estos golpes producen depresiones nerviosa fuertes, vértigos y náuseas, que es lo que ella padece. Por eso me da miedo que salga sola y tome ese Metro a la hora justa de la multitud. Ese accidente me preocupa. Te diré por qué: cuando ella estaba en el hospital, yo venía a ver a Petrouchka,[1] el gatito, que estaba ya muy ancianito y que tanto la quería. Era un animalito muy inteligente y que había sufrido mucho en las fondas españolas. Tú sabes lo brutales que pueden ser los españoles con los animales. Y Petrouchka se quedó traumatizado. Una vez que vino E. Junger[2] a visitar a Helena, el gatito corrió a esconderse. Junger dijo: “Este animalito tiene mucho miedo”. Y me miró con reproche.
Pero, volvamos a la mañana en que vine a verlo. Lo encontré empapado y lleno de sangre. En el baño había una larga mancha de agua y sangre. El, estaba de pie sobre las dos patitas traseras, con cara de loquito y no quería que me acercara a él. ¡Claro, lo cogí y lo sequé! Pero había más: un gran desorden en mis papeles. Papeles que tenía guardados en un baúl. Ni hice mucho caso, me preocupaba Petrouchka. Al día siguiente, cuando estaba limpiando un cuarto, encontré más papeles y en el pasillo un timbre usado con un sello de Tunez.
Me pareció que algún ladrón se había metido a robar y que no encontró nada de valor. En cambio Petrouchka se murió a los tres días, cogido con las dos manitas del brazo de Helena, que quiso salirse del hospital cuando supo lo ocurrido. Después, cuando volvió al trabajo, Paca le dijo: “¡Cuídate! No salgas sola a la calle. Ese fue un golpe contra la familia. Nosotros lo sabemos”. Lo mismo nos había dicho el Dr. Lievain. Pero no lo creímos.
Helena, contraviniendo mis órdenes y MI VOLUNTAD se empeñó en que viviera aquí un primo, hijo de mi hermano.[3] Lo ayudó en todo. Yo estaba indignada, pues el hombre se portaba absolutamente mal. Pero tu hija me reclamaba: “¿Quieres que me quede sola en la vida?”. El tipo la ha mentalizado: “Tu madre ya está muy vieja, se va a morir y tú te vas a quedar ¡sola! ¡sola! ¡sola!”. Todos los días le dice esto y luego la insulta y me insulta si la defiendo. ¡Como me he acordado de tus vaticinios! Y se los he repetido a Chata, que vive desesperada. Ya una vez le estrelló un vaso en la sién y le produjo una hemorragia tremenda. Subimos corriendo a ver al Dr. Van Der Elst y nos dijo que él no podía curarla. A las once de la noche la tuve que llevar al hospital Ambroise Pare. Llenó el taxi de sangre. En urgencias, la cosieron y le hicieron radiografías de la cabeza, etc. Nos ha roto los muebles que Helena está pagando en abonos. (Son muy pocos, la casa está casi vacía). A mi también me ha pegado e insultado de la manera más horrible.
Helena pensaba que estaba tan histérico porque no tenía trabajo y lo llevó al Consulado, a trabajar gratis. Allí se portó muy bien, durante varios meses. Pero al llegar a la casa se convertía en el mismo demonio. Por fin, Del Paso[4] lo nombró auxiliar con un sueldo de unos mil dólares (nunca ha visto su fundillo en tan alto cojinillo) como decía Pepita.[5] Pues ahora que Chata necesita que alguien la acompañe en el Metro, el tipo no lo hace. Y en la oficina se queja de Chata, poco a poco, está metiendo intrigas contra ella. Yo se lo dije: “No lo lleves al Consulado. Va a lograr que te quiten el trabajo”. ¡Fue inútil! La amenacé con decírtelo y me acusó de querer dejarla sola. La otra noche, le golpeó la cabeza contra la pared y porque yo quise defenderla me cogió de las muñecas y casi me las rompe. Luego vino a nuestro cuarto y destrozó el librero. Lo hizo añicos y ahora tenemos todos los libros en el suelo. ¡Esto es el acabóse! A veces te ha hablado llorando. Esto sucede, cuando el tipo hace algo terrible. Él lleva las cuentas, y estamos endeudadas. Yo no gasto nada, porque por mis manos no pasa un céntimo. Helena puso su cuenta a nombre de los dos, para que pudiera tener la Carte de Sejour.[6] Él invita a comer, a cenar, a beber, a sus amigas (del Consulado) con el dinero de Chata. Lo van a nombrar en febrero. Yo quisiera QUE NO LO NOMBRARAN. Pero, ¿que puedo hacer? Aquí a la casa no entra NADIE. La Nochebuena vino Víctor, porque el niño se fue con una amiga y pudimos recibirlo. Ha corrido a todos los amigos de Chata y míos. También a las amigas. Eso sí, en la oficina es una seda y Chata no puede decir NADA de él. Todos se le vienen encima. Ya sabes que no la quieren, porque está “de a dedo” como dicen ellos. Aunque todos estén en la misma condición, solo que los “dedos” que los han puesto sean menos ilustres que el que puso a Chata.[7]
Ayer todos se le echaron encima porque dijo que el “juicio” de Caecescou, era un asco y una vergüenza.[8] No solo lo dice ella, lo dicen todos los disidentes rumanos que aparecen en la T.V.
¿Ves como tengo razón de llorar y pedirte perdón? Yo te aseguro que nunca pensé que mi familia pudiera convertirse en esto. Ahora cómo me arrepiento de no haberte escuchado. Cuando menos Chata no pasaría estos tragos. Yo le digo: “¿Cómo que estás sola? ¿Y tu padre, que es el que te socorre? ¿Y yo, que te cuido como a la niña de mis ojos?” Pero el hombre[9] contesta: “Están muy viejos, ya se van a morir y se va a quedar sola, sola, sola”.
¡Ay! Octavio, yo tengo que llorar hasta mi último día, a ver si Dios me perdona por haber sido tan rebelde, estúpida, egoísta y majadera! No creo que tú puedas perdonarme, pero yo cumplo con una necesidad muy grande, que tengo de implorar tu perdón. Me sentiría un poco aliviada y sentiría a mi hija más cerca de ti, que para mí es FUNDAMENTAL.
No duermo, me paso la noche leyendo a los rusos. Si cierro los ojos veo todo el desastre que produje. Perdóname, por favor y disculpa que tu hija sea también la mía. ¡Por favor! Pobre criatura. Sí, los hijos pagan los delitos de los padres. En este caso de la madre.
Te admira y te desea lo mejor del mundo.
Elena Garro.
P.D. Si puedes hacer algo hazlo sin que se note o sepa. El chico éste dice siempre que se va a vengar. Y yo lo temo.

[1] Este gatito “Petrouchka” es personaje de Andamos huyendo Lola y del cuento “La corona de Fredegunda”.
[2] Ernst Jünger prologó La rueda de la fortuna (FCE, 2007), el libro de poemas de Helena Paz Garro.
[3] Jesús Garro, hijo de Albano Garro. Murió en 2017. Se ostentaba también como albacea del legado literario de Garro y apoderado legal de su prima, a quien “cuidaba” al final de su vida.
[4] El escritor Fernando del Paso estaba a cargo del consulado de México en París.
[5] La madre de Octavio Paz, Josefina Lozano.
[6] El documento que certifica la residencia legal en Francia.
[7] Es decir, los de su padre.
[8] El 25 de diciembre de 1989, el gobierno provisional del Frente de Salvación Nacional de Rumania condenó a muerte al dictador y a su esposa luego de un juicio sumario.
[9] Es decir, el sobrino Jesús Garro.





El Hilo de Sangre: Ernesto Mallo






Friday, November 17, 2017

Confesión auténtica de un ahorcado resucitado: Juan Vicente Camacho

Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había fondeado en las costas norteamericanas.
Era este un buque de alto bordo, en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún género.
Era muy extraño el caso, y si la llegada de un bote conduciendo las reliquias de un naufragio llama la atención, mucho más debía preocupar los ánimos la de un soberbio buque cuya procedencia se ignoraba y que se presentaba con un solo conductor como muestra de la vasta tripulación que debió contener.
Era fácil presumir que en la inmensa soledad del océano había pasado un drama misterioso y terrible sin más testigo que el ojo de Dios y sin otro eco que el órgano mismo del solo actor que quedaba como resto de esas gigantescas luchas del hombre con los fenómenos naturales y la furia de las olas tempestuosas.
Cuando entró en la rada, la soledad y el silencio del puente, y aquel hombre solo y tranquilo en el timón hacían aparecer la masa impotente de aquel buque como esos navíos fantasmas con que se complace la imaginación de los sencillos y supersticiosos marinos en poblar las profundidades de las aguas desconocidas.
El que estaba a la vista, sin embargo, era de reciente construcción, se conocía que había salido de los astilleros de los Estados Unidos y su identidad era fácil de verificar.
El personaje que lo monta es de talla hercúlea; su enorme cabeza parece unida al tronco sin auxilio del cuello; su cabellera es negra y espesa como la barba que lleva entera; la frente es deprimida y chata; el ojo fijo e inyectado y sombreado por enormes pestañas, lo que da a su fisonomía un aspecto salvaje y siniestro, que aumenta el corte singular de la boca cuyos labios son delgados y recogidos.
Su aspecto es el de un hombre dotado de rara energía, y sus brazos cruzados sobre el pecho, el rostro levantado con audacia, manifiestan que ese hombre es de aquellos que no retroceden ante ningún obstáculo.
Aparenta tener treinta años.
El capitán del puerto a quien se anunció la llegada de este buque se trasladó a bordo a reconocerlo, y condujo ante el Consejo del Almirantazgo a quien tan felizmente lo había traído a las aguas de la rada, para que hiciese la relación de los sucesos.
Declaró llamarse Alberto Guillermo Heecks, marino de profesión y que era el único que había sobrevivido a la tripulación del buque que montaba, pues todos, incluso el capitán, habían muerto en el viaje que acababa de hacer.
Aunque el aplomo de este hombre no le abandonó un solo instante, y aunque su narración aparecía llena de buena fe, no fue, sin embargo, tan ingeniosa que dejase de traslucir un misterio espantoso oculto bajo apariencias fingidas y hábilmente combinadas. Puestos en este camino, los jueces con espíritu perspicaz llevaron la cuestión a otro terreno y con tal habilidad que, envuelto el narrador en su lógica tortuosa, se embrolló, se contradijo, y ya pudo entreverse, a través del extremo levantado del velo, una parte de la horrible verdad que pronto debía descubrir todos los detalles siniestros y tenebrosos de este drama espantoso.
Después de haber referido que el buque fue asaltado en el mar por piratas chinos que habían degollado a la tripulación, salvándose él por haberse ocultado en un tonel de alquitrán, y que dichos piratas después de arrojar los cadáveres al mar habían dejado al buque a la merced del viento, hizo otra narración y declaró: que un tifus fulminante cayó de improviso a bordo llevándose a sus infelices compañeros y que solo él, Heecks, no había sufrido el más ligero síntoma, y que se halló solo en aquella metrópoli sin haber encontrado un puerto a dónde dirigirse para obtener algún socorro.
Pero el registro de a bordo no contenía hecho alguno que diese a esta versión la menor apariencia de verdad.
Desde aquel momento ya no se podía dudar que se estaba delante de uno de esos ejemplos monstruosos de piratas cuya historia estremece la humanidad.
Los anales marítimos nos prueban que, aunque raros, se presentan estos casos, y es entonces que se comprende en todo su horror de cuántas atrocidades es capaz el alma humana.
Desde que el hombre tuvo la audacia de entregarse al capricho de los vientos y de la fortuna de la inmensidad del mar ¿cuántos dramas misteriosos han sucedido que han quedado ignorados o hundidos en la conciencia de sus actores?
Alberto G. Heecks fue, pues, preso y sometido a juicio.
Todos los periódicos dieron cuenta de los crímenes del acusado y la emoción pública se excitó vivamente desde que se tuvo noticia de su instructiva, de suerte que el pretorio del tribunal se halló asaltado por una turba curiosa y compacta cuando se abrieron los debates.
II
No es nuestro ánimo recordar los detalles de ese proceso para siempre célebre y cuya relación completa ha dado la vuelta al mundo traducida en todas las lenguas conocidas. Nos limitaremos a recordar sumariamente que desde el instante en que Alberto Heecks se halló descubierto no desmintió jamás su actitud enérgica, y las cínicas confesiones que hizo produjeron tanta admiración como espanto.
Hallando en su singular naturaleza un poder enorme de fuerza y de voluntad para el mal, contó cómo él solo había degollado a toda la tripulación de su buque sin perdonar uno solo de sus desgraciados compañeros.
Y después, con el orgullo del crimen y como para desafiar la humanidad en el santuario de la justicia misma y envolviéndose en el manto de su perversidad, declaró en voz alta que desde la edad de once años que viajaba en calidad de marino había cometido muchos otros asesinatos y sabe Dios a qué punto habría llegado la escala ascendente del crimen.
Aquel desgraciado parecía abominar al género humano y haber cursado una guerra de exterminio a sus semejantes y esto sin que se contrajese un solo músculo de su semblante. El estudio analítico, fisiológico y psicológico de este raro temperamento, ofrecía un atractivo poderoso a los hombres de la ciencia, de manera que desde el punto de su arresto y sobre todo después de la sentencia que le condenaba a ser colgado por el cuello hasta que sobreviniese la muerte, Heecks estuvo rodeado sin cesar de sabios doctores que acudían de todas partes a hacer sus observaciones.
Fue de este modo que yo mismo fui llamado con el objeto de visitar y conocer a este ser excepcional bajo tantos puntos de vista.
Después de su sentencia, su hermana que lo quería muchísimo, se instaló en su prisión; él a su vez parecía amarla mucho y confesaba que era ella el único ser a cuyo lado no sentía horror.
La pobre criatura no juzgaba a su hermano ni lo comprendía, pues cuanto era de cruel y feroz era para ella dulce y humano.
En suma, parecía muy tranquilo y hablaba con gusto con nosotros, respondiendo muy acertadamente a las preguntas que se le dirigían.
A veces le asaltaba la idea de su próximo fin, y entonces se informaba de los fenómenos que precedían a la cesación de la vida.
—Doctor —me dijo un día—, he visto ahorcados algunas veces, y hacen un gesto muy feo; se me figura que es una triste muerte la de horca… ¿se sufre mucho?
Habría sido cruel responderle afirmativamente.
—No —le contesté—; por el contrario, la ciencia demuestra que se produce una especie de sueño estático como esos en que uno se deleita. Vale cien veces más que la guillotina.
—¡Bah! ¿Está usted seguro, doctor?
—Es mi íntima creencia.
—Mejor, doctor, tanto mejor.
Su hermana le suplicó entonces que no hablase de esas cosas tan tristes; pero a pesar de sus lágrimas, él volvía a la conversación y aun muchas veces chanceándose.
—Esta corbata de cáñamo no me hace maldita la gracia como objeto de maleta1… pero como no hay forma de excusarse… En fin, tanto vale; bien quisiera yo alguna cosa… Yo que he tenido siempre la costumbre de llevar el cuello descubierto.
—¿Qué preferiría usted entonces?
—¡Cáspita!, yo preferiría largarme —respondía riéndose.
¿Era esto descaro ante la muerte o ganas de aturdirse cuando hablaba así? Eso no lo podemos asegurar, pero semejantes bufonadas salidas de aquella boca que debía cerrarse para siempre tenían algo más fúnebremente serio que de risible.
Pasaban entre tanto los días y la hora de la ejecución llegaba.
Heecks parecía más abatido que de costumbre.
La reacción venía.
Los doctores Mac Illary, O’Reilly, Carnagan y Chrane rodeaban como yo al condenado, que estaba acostado en su lecho; de repente se levantó sobre un codo y mirándonos expresivamente nos dijo:
—¿Es verdad que ha habido ahorcados que han vuelto a la vida?
Nosotros nos interrogamos con las miradas; él estaba muy conmovido y su voz temblona manifestaba que al fin aquel corazón endurecido tenía miedo de la muerte.
Las leyes de la humanidad nos imponían una respuesta afirmativa.
—¡Oh!, el hecho no es dudoso y hay muchos ejemplos de casos semejantes.
—Ciertamente —respondió el célebre Chrane—, la estrangulación no trae siempre consigo de un modo preciso la muerte. Se sabe, por el contrario, que hay en Londres una sociedad de personas que se ahorcan por vía de distracción y que no por eso mueren. Parece por el contrario que se goza de un placer físico parecido al que produce el consumo del opio o del hachís.
—Sí, he oído hablar de eso —replicó Heecks—; pero eso no pasa de un juego que no creo, sin embargo, peligroso; mientras que en mi caso es realmente muy serio.
—Aun en casos serios, como usted dice, de una ejecución capital —observó gravemente nuestro sabio colega Carnagan—, ha habido pruebas de esta especie de resurrecciones. Los análisis médicos de Anspire redactados por el célebre fisiologista alemán von Serfvelt contienen la curiosa experiencia practicada por él mismo con un famoso bandido que asolaba el país. Pues bien, proclamémoslo en alta voz para honor de la ciencia, el doctor Von Serfvelt ha devuelto a la sociedad a este ahorcado. Este fue un curiosísimo experimento, muy curioso a la verdad.
—Aún hay más —agregó magistralmente Mac Illary—, hay filósofos que pretenden que la muerte por suspensión depende de la voluntad del paciente.
—¿Cómo así?
—Con una gran contención de espíritu y un firme poder sobre la materia orgánica, si usted logra, lo que no es posible, refugiar el fluido vital en las vértebras cervicales de la caja huesosa del cráneo, puesto que la cuerda no estrecha el cuello; es claro que es muy fácil entonces distribuir ese fluido en la economía general del individuo y restablecer todas las funciones animales. Esto está probado.
—¿Naturalmente será preciso descolgarlo?
—Sin duda.
—¿Ha hecho usted el experimento, doctor? —preguntó Heecks.
—Yo no, lo siento —contestó Mac Illary—; pero yo no soy de una constitución fuerte y conozco que no tengo una gran fuerza de voluntad.
—¡Qué lástima, doctor! Usted hubiera podido decirme qué se debía hacer y yo habría hecho el ensayo. Porque sea dicho entre nosotros, la muerte no me hace maldita la gracia y no me pesaría de no ofrecerle aún tan seriamente la mano.
—Se lo repito a usted mi buen amigo, porque está escrito; una gran fuerza de espíritu y un poder decidido de voluntad hacen subir el fluido vital a las…
—Sí, sí, lo he comprendido bien y lo ensayaré.
—Pero ¿qué hace usted, desgraciado? —interrumpió el reverendo Rowells, pastor de las prisiones que asistía a Heecks como consolador—; Dios me lo perdone, pero su temperamento le arrastrará a las más sanguinarias pasiones. ¿Por qué, hijo mío, si está usted preparado a morir santamente, no se resigna con su suerte? Láncese usted a los pies del Padre Eterno que al sacarlo de este valle de lágrimas le promete la bienaventuranza.
—Usted tiene razón, reverendo pastor, pero se me figura que no he tenido tiempo suficiente para pensar bien en mis execrables crímenes y algunos años más de vida no me vendrían mal.
El reverendo alzó los ojos al cielo, dando muestras de compasión.
—Oiga usted —dijo Heecks, dirigiéndose a mí—; ¿me promete usted hacer todo lo posible por volverme a la vida después de mi ejecución? Yo creo, hablando formalmente, que voy a morir y que para mí todo acabó; por consiguiente, la súplica de un moribundo es sagrada ¿me lo promete?
Aunque nuestras creencias se habían debilitado mucho, le prometimos todo lo que quiso para consolar su alma inquieta y atemorizada. Entre tanto, llegaba el momento de cumplirse la justicia humana hasta que empezase la de Dios.
III
Todo el pueblo se desbordó para presenciar la ejecución; ciudades, cabañas y despoblados, caminos, todos se dieron cita en Bellocs Island, y ríos y caminos estaban cubiertos de curiosos. Como prueba de la excitación que produjo este suceso, copiamos el siguiente aviso que se leía en grandes letras, en todas las esquinas: «¡Gran espectáculo! El vapor «Massachussets» de la compañía general saldrá en «train de plaisir» para asistir a la ejecución del famoso bandido y pirata Alberto G. Heecks que tendrá lugar el trece de julio actual. La cocina de a bordo hace tiempo que es conocida y apreciada; habrá una orquesta sobre cubierta para distraer el fastidio del viaje».
La horca se había levantado en el patio de la prisión al nivel de las murallas, de manera que el horrible aparato dominaba la multitud que era inmensa y compacta y esperaba con ansiedad.
Un redoble de tambor anunció que el reo iba a salir de su prisión y que la sentencia se iba a ejecutar. Un silencio glacial sucedió a los diálogos insultantes que se habían oído en el pueblo.
El estrado se cubrió de jueces de gran gala.
Alberto Guillermo Heecks apareció rodeado por los verdugos, con las manos atadas por la espalda. A su vista se levantó un clamor de todas partes, inmenso de maldiciones. Alberto paseó su mirada serena e impasible sobre la turba mientras el redoble del tambor imponía silencio y el sheriff leía en alta voz la sentencia. La sangre fría de Heecks no le abandonó un instante durante esta escena.
Concluida la lectura, los ejecutores se acercaron al condenado. ¡Abajo los sombreros!, gritaron varios.
—Bien hecho —contestó Heecks—; debéis saludarme con el sombrero que bien pronto he de saludar yo con la cabeza.
El fatal nudo corredizo estaba ya en el cuello de Heecks y en menos tiempo que el que se necesita para escribirlo, una trampa se abrió bajo sus pies y el cuerpo se balanceó en el aire; la cabeza cubierta con el gorro fatal, cayó sobre el pecho, el cuerpo dio una vuelta y todo cesó.
Pero salvo este movimiento, ninguna crispadura ni gesto alguno indicaron que Heecks hubiese sufrido una larga agonía.
Trece minutos después, el médico de las prisiones se acercó al cadáver, lo pulsó, aplicó el oído sobre el corazón y dijo con voz reposada y grave:
—Este hombre está muerto.
A estas palabras la turba se dispersó y no quedamos en la horca más que los doctores J. P. Belt, Henry D. O’Reilly y yo.
El doctor Belt envolvió el cadáver en cubiertas calientes de lana y así fue transportado cuidadosamente a Brooklyn a la casa del doctor O’Reilly donde ya le esperaban el doctor Chrane y Mac Illary, de Nueva York, pues el doctor Carnagan no pudo estar presente en el experimento por haber enfermado de repente, pero en cambio nos mandaba una carta llena de juiciosas observaciones y donde había prodigado todos los tesoros de la ciencia para ayudar a los experimentadores.
IV
El cadáver de Heecks fue acostado de espaldas con las mismas cubiertas sobre una mesa que servía para operaciones quirúrgicas.
Tenía en la cara una ligera contracción de los músculos cigomáticos, y la piel estaba seca y ligeramente resistente, pero sin la rigidez ni el frío glacial de la muerte. Sin embargo, ni el pulso ni el corazón dieron señal alguna perceptible al estetoscopio.
Un ligero movimiento de presión sobre el abdomen y la insuflación del aire por la boca no dieron ningún resultado; siempre la misma insensibilidad, pero también el mismo calor en la epidermis.
Un corte de lanceta en la sangría del brazo izquierdo y otro en la arteria temporal no produjeron más que una gotita de sangre pero no gelatinosa, y por consiguiente, en las mejores condiciones.
Habíamos preparado un baño electromagnético según el modelo y fórmulas del doctor Vergnes y contábamos mucho con el empleo del agente eléctrico.
Colocado cuidadosamente en el baño electroquímico se le hicieron incisiones en la laringe y en las sienes, y aplicamos armadores a los nervios correspondientes, haciendo funcionar la pila, primero parcialmente y con método, y aumentando después la intensidad que repetimos de rato en rato en las descargas.
Empezaron entonces sobresaltos convulsivos y movimientos puramente automáticos; entonces distribuimos los ácidos en grandes dosis.
Después de treinta y una descargas vimos que la sangre se iba liquidando más y más y tomando el tinte rojo que le es propio. El doctor Chrane que había presenciado el experimento sin operar, exclamó entonces:
—Ese hombre vive.
Y precipitándose sobre el cuerpo practicó con la habilidad que le distingue una operación traqueotómica, e introduciendo en seguida un tubo de plata en la herida por medio de la máquina neumática, introdujo el aire en los pulmones que empezaron a funcionar.
El milagro se cumplía. Hacía ya dos horas que habían comenzado los experimentos; estábamos anhelantes y aunque eran aún muy débiles los síntomas de la vuelta de la circulación, nos sentimos animados y nuestro celo en continuar nuestra tarea fue más ardiente.
Se aplicó un cauterio activo al pie derecho que hizo contraer en el acto la pierna, y la misma aplicación practicada detrás de la oreja derecha sin afectar la yugular, hizo volver la cabeza al reo con un movimiento semejante al que ejecutaría uno que quisiese hacer una muda protesta; los músculos faciales se contrajeron con gestos muy desagradables a la vista y como si el paciente sufriese dolores agudos.
Desde este momento estábamos seguros del éxito de nuestra operación porque los ojos se abrieron y la boca exhaló un sonido ronco e inarticulado.
El órgano visual izquierdo estaba casi perdido porque el nudo de la cuerda afectó los nervios orbitarios de ese ojo, y entonces notamos la parálisis casi total de ese lado del cuerpo. Pero ya no era un cadáver.
El sentimiento real de la vida y la conciencia de sí mismo fueron tardías en producirse en Heecks, quien por otra parte no podía hablar a causa de las lesiones de la laringe.
Su cara y el único ojo que le quedaba se abría y se cerraba alternativamente expresando una estupefacción que casi llegaba al idiotismo. Sin embargo, tenía vida aunque fuese la vida puramente animal.
Pronto se encontró en estado de ser transportado y fue conducido a Ponghkeepsie donde vivía su hermano.
V
Heecks, como lo habíamos previsto, permaneció muchos días en estado vegetativo y sin conciencia alguna de sí mismo, teniendo perdido casi el sentimiento moral. Las heridas, sin embargo, empezaban a cicatrizarse y desaparecía poco a poco el sacudimiento que había recibido su constitución: al fin pudo expresar su pensamiento.
Quiero repetir literalmente su primera conversación para que se vea la incoherencia de sus ideas. Sus primeras palabras aún balbucientes fueron estas:
—Contención de espíritu… fuerza de voluntad… cerebro… ¡el diablo! El cuerpo de un hombre pesa enormemente en su cabeza cuando tiene una cuerda en el pescuezo. Esto es todo lo que puedo decir.
—Heecks —le dije acercándome con presteza—, ¿cómo se siente usted?
Abrió desmesuradamente el único ojo que le quedaba como un hombre que despierta de un profundo letargo y me vio con espanto. Su mirada se fijó casualmente en un espejo y exclamó:
—¿Soy yo el que está allá? ¡En qué estado me encuentro! Estoy horroroso. ¿Es esto lo que ustedes han hecho?
—No, nosotros lo hemos salvado a usted.
—¡Cómo! ¿Salvado? Ustedes no me han salvado enteramente; yo he sido bien y bonitamente ahorcado.
—Pero… pero esto es precisamente lo que hace la curación más maravillosa. Ya está usted restablecido, que fue lo que nos comprometimos a hacer.
—¿Y a esto llama usted restablecido?, vaya que no es usted difícil: ¿qué han hecho ustedes de mi ojo?
—¡Ay!, hijo mío, fue la cuerda la causa de este desagradable incidente imposible de prever y de evitar. Téngase usted por feliz de salir librado a ese precio.
—¡Dios mío! —continuó tocándose la pierna paralizada y las cicatrices del cuello—; ustedes me han deteriorado y esto no fue lo convenido.
—Reconozca usted, Alberto, que ya empieza usted a ser ingrato.
—Yo no me merezco absolutamente, doctor. ¿Está usted seguro de no haberse equivocado? ¿No han soltado ustedes de la horca a otro mientras me han dejado a mí flotando a todo viento?
Ese día no quise continuar la conversación y en la mañana siguiente, después de un reposo saludable, Heecks despertó tranquilo y con el aspecto más sereno.
—Doctor —me dijo—, ¿sabe usted una cosa? Creo que he hecho un mal negocio y que el reverendo Rowells tenía razón y hubieran hecho ustedes mejor en dejarme donde estaba.
—¿Habla usted seriamente?
—Palabra de honor; a fe de hombre de bien.
—¿De manera que estaba usted a su gusto en la horca?
—Seguro y conforme.
—¿Cuáles fueron sus impresiones? Ahora puede usted decirme la verdad, pero la verdad pura.
—Pues bien, la idea del suplicio no me hacía mucha gracia y fue muy mal de mi grado y haciendo de tripas corazón, que me presenté delante de ese pueblo que me aclamaba como un rey. Las palabras que uno oye le estrechan la garganta y en aquel momento no hay valor sino una especie de locura; pasan delante de la vista fantasmas y hay un vértigo completo. Si en aquel momento pudiera uno exterminar jueces, verdugos y público no se haría más que una carnicería; pero como no se puede y luego andan tan aprisa…
—¿Pero la sensación del cáñamo en el cuello?
—¡Horriblemente desagradable! Cuando se abrió la trampa bajo mis pies y me lancé en el espacio comprendí que estaba perdido; una presión atroz me estrechó la garganta y oí como un crujido de cerebro, quise gritar pero me fue imposible. Entonces sentí una masa de sangre de un rojo ardiente saltar de las extremidades como revolviéndose en sí misma y queriendo romper su estrecha prisión: todas esas moléculas parecían extraviadas y que querían saltar, torcerse y sufrir; yo vi después el color de fuego ennegrecerse al espesarse. Este segundo es espantoso y dura siglos. A esta primera sensación suceden otras más soportables y que es imposible analizar, pero yo creo que los goces del paraíso de Mahoma no son otra cosa, y puesto que los turcos tienen fe en su profeta estoy seguro de que ellos han inventado la estrangulación; y ya no se admira que reciban de tan buen agrado el cordón con que tan galantemente los obsequia el Gran Señor. Un suavísimo calor recorre todos los miembros, y estremecimientos de éxtasis penetran en los órganos; las visiones más fantásticas, no visiones sino realidades, se presentan a la vista y la felicidad más completa se apodera de uno. Renaciendo sin cesar, parece que uno adquiere incesantemente nuevas fuerzas en fuentes nuevas también, para gozar. ¡Oh!, hablando seriamente, doctor, han hecho ustedes muy mal en sacarme de ese lugar de delicias. Haga usted la prueba, doctor, y conocerá las huríes del paraíso.
—¿Pero, desgraciado, no comprende usted que esos fenómenos son los últimos síntomas de la vida que se va?
—¡Vaya! Bien ve usted que no, pues he vuelto. ¿Quiere usted apostar veinte guineas a que empiezo de nuevo?
—Disparate; yo no se lo aconsejaría a usted jamás, porque no se hacen dos veces las experiencias que hemos practicado en su cadáver.
—¡Demonios! La cosa vale la pena de pensarse. ¿Cree usted que van a hablar mucho de mí?
—Tal vez más de lo necesario.
—Efectivamente y eso sin contar con que nada saben de lo pasado; porque en suma me han procesado, condenado y ahorcado, pero sin saber a punto fijo por qué.
—Verdad es que el asunto no está claro: ¡qué hombre tan singular es usted!
—Nunca ha habido uno igual, y cada cual tiene su amor propio y lo fija en lo que quiere; lo mío es que un misterio impenetrable oculte mi existencia.
—¡Cómo!, ¿y no revelará usted nada, ni aun a mí?
—Para qué diablos, doctor, no me creería usted.
—Sí tal.
—Si le digo a usted la verdad.
—Razón de más.
—Pues bien —me dijo haciéndome acercar a su voz—, yo soy inocente como un niño en el seno de su madre.
—¿Se burla usted de mí? —exclamé dando un salto y casi ofendido en mi dignidad.
—Ya lo ve usted —me contestó riéndose—; lo había previsto que usted no me creería.
—Sí tal, pero con la condición de que hable usted con seriedad.
—Crea usted todo lo que quiera, nada me importa; pero en adelante no volveré a decir una palabra.
En efecto este hombre singular no ha vuelto a pronunciar una letra que ilustre la opinión pública.

Entre tanto circuló la nueva de la resurrección de Heecks, lo que dio margen a eruditas cuestiones de abogados sobre si había derecho para reclamar como reo de evasión a Heecks, ahorcado por sentencia judicial y salvado por esfuerzos médicos.
He aquí la cuestión.
Si bajo el punto de vista de la ciencia y de la humanidad tras la cual se refugian los profesores acusados J. P. Belt y Henry O’Reilly, tenían derecho para reanimar el principio vital en el cadáver de un reo, tendrían esas mismas personas el derecho bajo el punto de vista del contrato que liga sólidamente a los miembros de un país, para sustraer de un castigo justamente aplicado a un hombre que había pisoteado todas las leyes.
La cuestión está aún por resolverse y este juicio hará época en los anales del foro.

Un concurso de experiencias felices y que harán el orgullo de la ciencia han vuelto la vida física a Alberto Guillermo Heecks. Que viva si puede como hombre de bien, es lo que nosotros deseamos.
Pero moralmente no podemos menos de exclamar con nuestra conciencia que es un gran miserable y que por fortuna de la humanidad esos tipos de bandidos crueles y feroces se van haciendo raros en el mundo.